27 DE DICIEMBRE DE 2026

Notaba los pulmones encharcados, como pantanos peinados por la niebla. Por ambos lados le adelantaban más y más corredores que la velocidad convertía en manchas, zumbidos de abeja de mil colores. Eso no importaba. No había venido a ganar o, más bien, su victoria sería el humilde cruzar de la meta. No hacía tantas semanas que su boca y su alma habían estado conectadas al respirador, aislado de su familia, sumido en un pozo de incertidumbre donde un virus amenazaba con llevárselo al páramo de las sombras. Los diez kilómetros se le hicieron largos, tortuosos, pero los suyos animándole en la última recta hicieron desvanecer toda fatiga, todo recuerdo aciago de aquellos días de hospital y soledad. Se acordó también de quienes cuidaron de él aquellos días. Por ellos corría también hoy. Sonrió. Sin ganar, había ganado la San Silvestre Salmantina.