Notaba los pulmones encharcados, como pantanos peinados por la niebla. Por ambos lados le adelantaban más y más corredores que la velocidad convertÃa en manchas, zumbidos de abeja de mil colores. Eso no importaba. No habÃa venido a ganar o, más bien, su victoria serÃa el humilde cruzar de la meta. No hacÃa tantas semanas que su boca y su alma habÃan estado conectadas al respirador, aislado de su familia, sumido en un pozo de incertidumbre donde un virus amenazaba con llevárselo al páramo de las sombras. Los diez kilómetros se le hicieron largos, tortuosos, pero los suyos animándole en la última recta hicieron desvanecer toda fatiga, todo recuerdo aciago de aquellos dÃas de hospital y soledad. Se acordó también de quienes cuidaron de él aquellos dÃas. Por ellos corrÃa también hoy. Sonrió. Sin ganar, habÃa ganado la San Silvestre Salmantina.