Salió con lo puesto, bajando las escaleras de tres en tres. El legado rojo que le habÃa dejado el último bofetón en la mejilla le sirvió de impulso. Al llegar al portal, se fundió con una multitud que también corrÃa. Los gritos del hombre que la perseguÃa embistieron inútilmente la muralla movediza que avanzaba calle abajo.
«Qué extraño atuendo para correr», pensó el octogenario mientras contemplaba cómo la mujer de mejillas encendidas le adelantaba. Él llevaba un año preparándose para aquello. Con cada zancada, el recuerdo del dÃa que salió del hospital quedaba más lejano.
─¡Un último esfuerzo, que ya llegamos! ─se escuchó una voz desde atrás. Aquel joven celebraba cada paso que le habÃa llevado a superar su adicción y a correr, por fin, la San Silvestre salmantina.
Al terminar la carrera, todos llegaron al mismo lugar. Sin embargo, cada uno habÃa alcanzado una meta distinta.