Ella agarró la correa, tensé mi cuerpo desde el hocico a la cola y salimos espoleados por el silbato de salida. La gente nos adelantaba asà que aceleré el paso para no quedar rezagados, pero ella tiro de mà y me dijo que me calmara. Me costó superar mi instinto, pero comprendà que ella no podÃa seguir mi ritmo.
Las personas aplaudÃan con más efusividad a nuestro paso, cosa que no entendÃa. Como tampoco comprendÃa la presencia del humano que iba atado a ella y le decÃa «izquierda, izquierda, izquierda», o «giro derecha».
Tras un largo rato, por fin llegamos a la meta. El señor la abrazó y su emoción se me contagió, haciendo que mi cola se moviera de un lado a otro. Ella se agachó y me abrazó; yo lamà su brazo sudado y, además de corresponder con su gesto de afecto, recuperé sales perdidas en la carrera.