27 DE DICIEMBRE DE 2026

Ella agarró la correa, tensé mi cuerpo desde el hocico a la cola y salimos espoleados por el silbato de salida. La gente nos adelantaba así que aceleré el paso para no quedar rezagados, pero ella tiro de mí y me dijo que me calmara. Me costó superar mi instinto, pero comprendí que ella no podía seguir mi ritmo.

Las personas aplaudían con más efusividad a nuestro paso, cosa que no entendía. Como tampoco comprendía la presencia del humano que iba atado a ella y le decía «izquierda, izquierda, izquierda», o «giro derecha».

Tras un largo rato, por fin llegamos a la meta. El señor la abrazó y su emoción se me contagió, haciendo que mi cola se moviera de un lado a otro. Ella se agachó y me abrazó; yo lamí su brazo sudado y, además de corresponder con su gesto de afecto, recuperé sales perdidas en la carrera.