Me languidecen las piernas y mi pecho barrunta una respiración profunda y silenciosa de Catedrales. Mi cuello se estira, aventajando mi rostro y arqueando mi espalda. Parece buscar un centímetro de aire delante de mis rodillas. Ellos se acercan velozmente. Advierto el crepitar de sus furiosos cascos de piedra detrás de mí. No puedo detenerme; no quiero detenerme.
Los arcos romanos del Puente Mayor de Tormes me reciben con su pétrea estacada. Escuchó entre sus palabras el rumor de un río lejano, que trae en su lecho recuerdos de años que yo sólo he soñado. Las pilastras me abrazan; mi cuerpo se deshace en los sudores de Salamanca. Ellos se acercan, no puedo detenerme. Vuelvo a correr. Los verracos ya están a mis espaldas.