Sus ojos brillaban tanto como la luna en aquella noche. Ellos fueron responsables de que me quedara petrificado en la salida. Para cuando superé aquel lapsus ya me habÃa quedado muy rezagado, pero poco a poco alcancé mi ritmo. HabÃa sido un año muy complicado, y entrenar para la San Silvestre fue mi vÃa de escape. No podÃa fallar en el dÃa clave. Pero a medida que recuperaba posiciones, más pensaba en aquella mujer. Su belleza habÃa calado en mi mente.
De repente, me vi afrontando el Paseo de San Antonio en primera posición. Estaba a doscientos metros de la meta, cuando distinguà sus enormes ojos entre el gentÃo. Me quedé ensimismado de nuevo mientras todos me adelantaban. Me acerqué a ella y me recibió con una hipnótica sonrisa. La misma con la que me despierto cada mañana, y que me recuerda cómo gané aquella carrera sin cruzar la meta.