Salamanca no duerme bajo la escarcha; late. Diciembre exhala su último aliento sobre la piedra franca, tiñendo las catedrales de un dorado antiguo mientras el frío afila el aire.
Un rumor de suelas despierta el asfalto. No corremos para huir del tiempo, sino para alcanzarlo. Miles de pechos abrigan el mismo fuego, una marea humana que desafía al invierno, entrelazando zancadas como versos sobre la calle San Pablo. Cada aliento es una nube de esfuerzo; cada pulsación, un eco que retumba en la Plaza Mayor.
Nuestras sombras, trenzadas por la luz del atardecer, devoran los kilómetros compartidos. Hay un aliento invisible que nos empuja: la certeza de que correr es abrazar la vida antes de que expire el año. Al cruzar la meta, la ciudad entera se vuelve abrazo. No hay prisa, solo la gloriosa eternidad de una zancada que vence al frío.