Tras una maratón infinita, decidió volver sobre sus pasos. Descubrió que casi no había huellas. De hecho, un vacío de recuerdos lo invadió mirando el suelo. Algo parecido a la tristeza pareció asaltarlo.
Pero fue entonces cuando recordó cómo había vibrado su corazón con cada zancada y cada vuelo, entre el perfume de los fresnos y la fragancia de las encinas, acompañado de gorriones y mirlos hacia una meta a la que siempre llegaba para, inevitablemente, volver a empezar.
El camino era su meta y su trofeo.
He ahí su huella.