Es propio de un niño revolver y su hijo no era la excepción a esa regla. Pero aquel día, y junto al calzado, también revolvió la memoria de su padre.
De buscar zapatos viejos para un trabajo de clase, el niño acabó sacando de debajo de la cama de sus progenitores una caja cubierta de polvo que custodiaba unas zapatillas con la etiqueta aún puesta. El padre reconoció esa caja en el acto: el premio de su esposa por finalizar aquella maratón cuyo recuerdo del paso por meta le arrancó una lágrima y con las que le había prometido correría la próxima San Silvestre, en la que por fin asaltaría la barrera de los 40 minutos. Él sólo corría para superarse.
Y entonces, sonrío, pues mientras impulsaba con los brazos las ruedas de su silla, se dio cuenta de que hoy, sin dorsales, marcas ni medallas, era todavía más deportista que entonces.