La mujer seria, de rutinas férreas y constancia a prueba de bombas grita su frustración mientras coloca los brazos en cruz para sujetarse a pulso y no caer en el abismo. Hace años que corre la San Silvestre en Salamanca, como debe ser. Siempre queda en buena posición, como en la vida. Todo medido y controlado, todo previsto. Pero hoy se encuentra floja por lo que acepta uno de esos geles del demonio. Para aguantar: “ya dormirá después, ya descansará cuando se mueraâ€. Y eso es lo que siente en cada pisada, en cada golpe contra el asfalto. Que se le va la vida, que se le escapa. Y, mientras un indio y una vaquera la adelantan, insultantemente sonrientes, como si fueran de carnaval, ella cambia su trayectoria y corre en diagonal, en busca de la salvación tras una puerta de plástico verde, a pocos metros de la recta final.