La lluvia también querÃa ganar. QuerÃa participar en la carrera, saber qué se sentÃa con una medalla al pecho. Y comenzó poniéndole a la mañana un techo gris, y luego chispeando discretamente, para acabar anegando campos, piedras, recorridos, almas y sendas.
QuerÃa llegar a la meta la primera, la lluvia. Lo deseaba de corazón. Y caÃa con todo el Ãmpetu de que se veÃa capaz, caÃa vertical como una espada sobre las calles salmantinas, múltiple como un diluvio.
Pero era un imposible, no avanzaba, no llegaba: la lluvia no habÃa aprendido –aún– el milagro de la horizontalidad.