27 DE DICIEMBRE DE 2026

La lluvia también quería ganar. Quería participar en la carrera, saber qué se sentía con una medalla al pecho. Y comenzó poniéndole a la mañana un techo gris, y luego chispeando discretamente, para acabar anegando campos, piedras, recorridos, almas y sendas.
Quería llegar a la meta la primera, la lluvia. Lo deseaba de corazón. Y caía con todo el ímpetu de que se veía capaz, caía vertical como una espada sobre las calles salmantinas, múltiple como un diluvio.
Pero era un imposible, no avanzaba, no llegaba: la lluvia no había aprendido –aún– el milagro de la horizontalidad.