Cada año, ella recoge el dorsal de su hijo, aunque él ya no está. Murió hace seis años en un accidente estúpido. Tenía veintisiete y no se perdía una San Silvestre. Decía que esa carrera no dejaba a nadie atrás. Ella no corre, pero sigue yendo a recoger su dorsal. Lo besa y lo guarda en un cajón. Le consuela. Este año, la muchacha del mostrador le preguntó si iba a correr. Ella dijo que no, que ya era muy mayor, que si la reuma, que si las rodillas… Pero, al llegar a casa, se calzó unas zapatillas, unas viejas de estar por casa, y salió. No miró el reloj, no cogió el móvil, ni siquiera la bufanda. Bajó el bordillo con respeto, como quien hace una ofrenda, y empezó a caminar. Primero dos calles, luego tres… Y cuando sintió el viento en la cara, se dijo: “Venga, una más”.