Infinita. Eso me parece esta frÃa noche de invierno. Cojo aire y respiro. El frescor del ambiente se penetra en mis pulmones y con una bocanada de aliento se adentra en mÃ. Percibo un calor poco común, una voz próxima que retumba como un estallido de potente cañón; me dice que abra los ojos, que debo despertar.
De repente, una silueta me observa de cerca, me roza y hasta puedo sentir su olor. Todo está borroso, me pregunto cómo he llegado hasta aquÃ, quién es, qué hago con esta ropa puesta, qué hay detrás de todo esto… Pero, hay alguien más. Una voz masculina, infinita, intermitente, diseñada para estar presente a la par que invisible; acompañada de unos brazos que me envuelven, me levantan y me conducen al final del pasillo. Consigo abrir los ojos y, entre sollozos, me exalto y resurjo.
Infinita, esa manera en la que todo comienza.