Diciembre, veintiocho. Salamanca.
No encentraba nada en mi cada vez más esquiva memoria para superar mi miedo.
Pero no temía el fracaso de no terminar la San Silvestre.
Temía la vergüenza por correr con la compañera que las tres décadas de intenso letargo, acomodando con dificultad y esfuerzo familia, hogar y trabajo, me habían dejado: Soledad.
Un reloj sonó “mediodía”. Suspiré. “¡Adelante!”, respondí.
Me calcé. “Salgo”, dije. “Vale” escuché al cerrar.
Casi dos horas y diez mil metros después, me pareció ver a lo lejos los ojos de los que hacía tanto me había enamorado. “¿Habrá venido a buscarme?
Un poco más cerca vi que el Destino, o la miopía, había bromeado conmigo “¡Inocente!, ella está con sus amigas, como siempre”, me pareció oír.
Terminada una carrera resolví comenzar otra. Me volví para decir a Soledad que ya no quería convivir con ella. No pude. Se había vestido de Esperanza.