El día que le dijeron que no volvería a caminar se le vino el mundo encima. Tras meses recluido en el centro hospitalario, regresó impedido a la vida cotidiana; «¡Pero qué vida!», se dijo Manuel, mas no se atrevió a compartir su desaliento con su mujer y sus hijos. Llevaba seis años en la policía y en un segundo unos criminales lo dejaron postrado para siempre.
Desde su silla de ruedas contemplaba a través de la ventana el ir y venir de la gente, malhumorado a veces, a veces deprimido. Nada lo motivaba, hasta el día que vio pasar la cursa por delante de su casa. Niños, jóvenes, abuelos, unidos por el mismo reto, y la mirada puesta en la meta de la San Silvestre Salmantina. Entonces comprendió que cada uno tiene que emprender su propia carrera si no quiere quedarse quieto.