27 DE DICIEMBRE DE 2026

Al tercer pinchazo en el costado te planteas de verdad por qué estás corriendo. Te duele. Te cuesta respirar. Pero las piernas siguen y siguen. Y queman. No paras. Ni si quiera aflojas el ritmo. Corres porque quieres correr. Porque debes correr. Sigues porque, de una maldita vez, no hay nadie que te diga lo que tienes que hacer. Porque vas a demostrarle a los que no creen en ti que puedes hacerlo. Que vas a llegar a meta. Y sobre todo, y por encima de lo que nadie diga o piense, corres para demostrarte que puedes conseguirlo. Al fin. Así que sigues y sigues y no ves nada más que una línea al final del camino. No sabes si vas primero o último. Y no importa. Con los músculos duros como la piedra de las calles que te han visto entrenar, cruzas la meta. Ya eres invencible y eterno.