27 DE DICIEMBRE DE 2026

Entró en la salida de la San Silvestre Salmantina como si no existiera, sin dorsal, sin número que la atara al presente. Nadie la detuvo. Era demasiado tarde: ya estaba corriendo.
Avanzaba con una ligereza extraña, con una cadencia que parecía aprendida en otra época. Los demás intentaban seguirla, pero siempre se les escapaba unos metros más adelante. Algunos juraron que ni siquiera rozaba el asfalto, que flotaba entre las calles como una sombra blanca.
Cuando cruzó la meta, los jueces buscaron su nombre en las listas. No estaba. El público la buscó entre la multitud. Había desaparecido.
Un niño, asombrado, tiró de la manga de un viejo corredor.
– ¿Quién era esa mujer?
El hombre, con la voz gastada por los inviernos, respondió:
– Carmen. La primera que quiso correr esta carrera, hace cuarenta años.
Y entonces el niño entendió que algunas metas no esperan medallas, sino memoria.