Veo sus rizos ondeando en el aire mientras corre. Sus largas piernas moviéndose armónicamente. Lleva una mochila roja en la que guarda dos botellas de agua con trozos de naranja. Aunque voy abrigada, noto el frÃo en la cara. Es mi primera carrera, pero me esfuerzo y la sigo.
Me sigue. Veo sus pequeños pies moverse al ritmo de los mÃos. Su rostro concentrado. Me imita y sonrÃo. Hemos entrenado durante meses y aún asà no recorreremos más de dos o tres kilómetros por las calles salmantinas. Sé que haré mi peor tiempo, pero no importa, hacer el recorrido con mi hija va a convertirla en la mejor San Silvestre de mi vida.