Aquella lesión le había pasado factura. Pruebas médicas y tratamientos interminables le impedían hacer aquello que más le gustaba: correr.
Había empezado imitando a su padre, que cada año entrenaba para los 10 kilómetros en la San Silvestre Salmantina. Correr empezó como un juego infantil y terminó siendo su forma de vida.
Le gustaba compartir su pasión con todos, conocidos o desconocidos.
Seis meses después de que el médico le permitiera volver a correr, Carlos ya se había preparado para la carrera en la que cada año su padre batía récords.
Le quedaban diez metros para la meta. Carlos no participaba solo con la intención de ganar, pero cabe decir que iba en cabeza.
Siete metros.
¡Crac!
La rodilla. Dolía demasiado, pero no quería parar. El corredor que le seguía le colocó el brazo sobre los hombros.
Carlos y su padre cruzaron la meta. Juntos.