27 DE DICIEMBRE DE 2026

Prendo en mi pecho el dorsal de mi abuelo con un imperdible oxidado. Lo hallé entre sus cosas: San Silvestre del 87, cuando Salamanca aún no sabía que esta carrera se haría tradición.
Arranco despacio. A mi lado corren disfraces, familias, atletas serios. Yo solo pienso en sus piernas de ochenta años subiendo estas cuestas, en su aliento templando el mismo frío.
En el kilómetro cinco me duelen las rodillas. En el siete, el costado. Podría parar, pero detrás del dorsal leo su letra: “Acabé último. Volveré.”
Nunca volvió. El cáncer llegó antes.
Cruzo la meta entre los últimos, como él. Me arranco el dorsal y lo levanto al cielo de diciembre.
El viento lo agita un instante, como si alguien respirara detrás.
Entonces lo entiendo: la promesa se ha cumplido.