27 DE DICIEMBRE DE 2026

Cruza la meta cuando ya no queda nadie. Bares llenos y calles desiertas, solo el eco de su respiración contra el asfalto frío del Paseo de San Antonio.

Ha corrido la San Silvestre salmantina durante veinte años. Siempre el último. Siempre solo. Siempre hasta el final.

Los voluntarios recogen vallas. No hay medalla. Nadie aplaude.

Pero él sigue viniendo.

Porque en el kilómetro cinco, cuando el cuerpo pide parar, siente la mano de su hija empujándole la espalda, diciéndole, como siempre: «Te espero en la meta, papá». Murió en febrero.

En el kilómetro ocho, escucha su risa entre la multitud que ya no está.

Y al cruzar comprende que no corre para ganar.

Corre para que ella siga aquí.

Un operario enrolla la última pancarta.

Las campanas marcan la hora.

Él camina despacio hacia casa, con las piernas rotas y el alma viva.

Volverá el año que viene.

Siempre vuelve.