Apoyado en la balaustrada del puente de Sánchez Fabrés, el anciano observaba a los jóvenes avanzar con sus camisetas de colores y sus dorsales en movimiento. Le extrañó comprobar que se trataba de una marea infinita pero ordenada, unas caras sudorosas pero sonrientes, casi felices, alegres por formar parte de aquella aventura. Tal vez la sorpresa le sobrevino porque él, en sus años mozos, no corrÃa sino para escapar del miedo, y en aquel tiempo las estampidas eran el caos.
Cuando el rÃo multicolor terminó de pasar, se alegró de que ahora los jóvenes tuvieran mejores motivos para echar a correr y volvió a acordarse de Olga, a la que creyó ver en una joven con el dorsal 25, quien a la postre, terminó la competición entre las diez primeras. Pero el anciano ya no pudo verlo, la carrera para él habÃa concluido mucho antes.