27 DE DICIEMBRE DE 2026

Le regalamos un dorsal porque tras tantos años corriendo no podía perdérselo, y al fin y al cabo se estaba muriendo. Le dijimos que así podía participar en la distancia, desde la cama del hospital, ataviado con su chándal azul marino.

Mi hermano correría con su gopro, que transmitiría las imágenes directamente al portátil que le llevaría yo misma a la habitación. “Será como si corrieras tú mismo”, le convencimos a regañadientes.

Por esta razón, cuando vi la cama vacía, lo primero que hice fue buscar el dorsal, pero en cambio encontré su nota: “Lo siento, tenía que hacerlo”.

Lo encontramos cuando llegaba a la meta, sudoroso y debilitado, y fuimos testigos de como levantaba los brazos triunfante antes de caer y exhalar su último suspiro.