Cuentan los ancianos lugareños que una madrugada de invierno, mientras la niebla cubría las torres y las campanas dormían un silencio de piedra, San Silvestre fue visto caminando por las calles de Salmantina por un pastor que bajaba del monte quien distinguió su figura vestida con un hábito blanco, iluminada por un resplandor suave de luna bendecida.
El santo se detuvo frente a la fuente vieja y posó su mano sobre el agua helada. De inmediato, brotó un aroma a azahar y el líquido comenzó a brillar.—Decid al pueblo —murmuró — que la fe no se ha perdido, solo duerme.
Cuando el pastor quiso acercarse, la figura se había desvanecido. Pero desde aquel día, cada 31 de diciembre, el agua de la fuente canta al amanecer, y los habitantes de Salmantina aseguran que San Silvestre pasa otra vez, silencioso y puro, bendiciendo los corazones que creen en los milagros pequeños.