Marta entrenaba cada dÃa, desafiando el frÃo de diciembre y el cansancio que acumulaba tras largas jornadas. La San Silvestre Salmantina no era una carrera cualquiera; era la última del año y, para ella, la última que su cuerpo agotado por la enfermedad le permitirÃa correr.
La mañana de la carrera, se colocó su dorsal y miró a su alrededor. Miles de corredores compartÃan su emoción y, al cruzar la meta, sus piernas se rindieron, pero su espÃritu seguÃa en pie. Mientras el público la aplaudÃa, entendió que no importaban ni el tiempo ni los trofeos.
Ese dÃa, Marta ganó su propia victoria: cruzó la última meta con el corazón lleno y el miedo vacÃo. La sonrisa en su rostro la acompañarÃa siempre, como la marca de un logro que no se mide en segundos, sino en coraje.