27 DE DICIEMBRE DE 2026

Marta entrenaba cada día, desafiando el frío de diciembre y el cansancio que acumulaba tras largas jornadas. La San Silvestre Salmantina no era una carrera cualquiera; era la última del año y, para ella, la última que su cuerpo agotado por la enfermedad le permitiría correr.

La mañana de la carrera, se colocó su dorsal y miró a su alrededor. Miles de corredores compartían su emoción y, al cruzar la meta, sus piernas se rindieron, pero su espíritu seguía en pie. Mientras el público la aplaudía, entendió que no importaban ni el tiempo ni los trofeos.

Ese día, Marta ganó su propia victoria: cruzó la última meta con el corazón lleno y el miedo vacío. La sonrisa en su rostro la acompañaría siempre, como la marca de un logro que no se mide en segundos, sino en coraje.