27 DE DICIEMBRE DE 2026

No entendía cómo se había dejado convencer. Nadie en su sano juicio acepta correr la San Silvestre después de tres ciclos de quimioterapia. Su marido le pidió que no fuera. Sus padres también. Y sus hijos, aún pequeños, jugaban con la bandana que ocultaría la ausencia de cabello. Pero ella, animada por su mejor amiga, decidió probar.
—Tú, a tu ritmo —le dijo mientras corría a su lado.
—Te estoy frenando —se lamentó ella.
—No se trata de llegar la primera —dijo su amiga, ofreciéndole la mano.
Al cruzar la Plaza Mayor, los gritos de apoyo del público hacían más pequeños los monstruos de la enfermedad.
Le costó llegar a la meta, pero una vez allí, con las rodillas y los brazos temblando y algunas lágrimas asomando por los ojos, contempló el cielo.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó su amiga.
—Viva —dijo ella antes de abrazarla—. Me siento viva.