Salamanca tiembla: Plaza Mayor encendida, catedrales respirando frío, el Tormes como un espejo que corre a nuestro lado. En la salida me ato la bufanda que tejió mi madre para la primera San Silvestre Salmantina. Este año ya no está.. abriga más del recuerdo que del frío. Cruzo el Puente Romano, y el eco de sus pasos me acompaña entre los adoquines. Falta un kilómetro. Me desato la bufanda, la alzo. El viento la convierte en bandera y siento su risa mezclarse con los aplausos. Entramos juntos. La coloco sobre mi pecho y el speaker dice solo mis apellidos. Yo completo en silencio los suyos. No vine a ganar segundos: vine a recordar uno, el de mi madre abrazándome en aquella primera meta, cuando el invierno no era despedida, sino promesa de volver a correr juntos.