Era tan competitivo que, por recomendación del cardiólogo, habÃa decidido rivalizar únicamente contra sà mismo.
Se acabaron los piques y exigencias.
Con el pistoletazo de salida activó el pulsómetro y fue recorriendo los primeros kilómetros según los tiempos establecidos.
Si algún corredor le sobrepasaba, respiraba profundamente cinco veces y continuaba a su ritmo.
Al girar para encarar la última recta, el sol que estaba en pleno ocaso se colocó a su espalda proyectando una descarada sombra que le adelantó sin ningún tipo de miramiento.
Herido en su orgullo, no estaba dispuesto a dejarse vencer también por ella.
—Estoy compitiendo contra mà mismo—Se justificó.
Esprintó con el corazón latiendo como un tambor en pecho y sienes, pero no fue capaz de alcanzarla y entró pisándole los talones.
La aprovechada sombra desapareció repentinamente cuando, ante sus ojos, apareció la inmensidad de un cielo sobre el que pronto caerÃa la noche.