Él que nunca habÃa fumado. Él que corrÃa a diario y participaba en carreras populares. El tumor se le habÃa extendido. Las probabilidades de sobrevivir eran mÃnimas. En apenas unas semanas habÃa perdido el pelo y su cuerpo era ahora una endeble masa de huesos y piel. Cada dÃa era un tormento. Interminables sesiones de quimioterapia. Decenas de pastillas. Mientras veÃa pasar a los corredores de la San Silvestre recordó a Emil Zátopek. Aquel atleta checo que en una semana venció en los cinco mil, los diez mil metros y la maratón en los Juegos OlÃmpicos de Helsinki. DecÃan que era imposible, que nadie podrÃa hacer algo asÃ. Un paso detrás de otro. Siempre hacia delante. Sorteando toda clase de obstáculos. Cuando vio al primer corredor alcanzar la meta, se marchó al hospital convencido. Él también iba a ganar aquella carrera por la vida.