Antes de que el sol asome, amarra sus zapatillas y emprende su carrera. Recordando el objetivo, para evitar pensar en los dolores y el frío que hiela los huesos; sabiendo que el esfuerzo es lo que da sentido a cada paso. Cuando el cansancio quema y el corazón simula un tambor, ebullen las derrotas, las dudas y las ganas a renunciar… ¡Basta! la meta no está en la pista, la meta es la vida misma. Cada zancada es una promesa: la de no rendirse, la de avanzar incluso cuando nadie aplaude. A lo lejos visualiza la línea de llegada, esa que forma carácter, que acrecienta la fe; mira al cielo, respira y se graba a fuego: ¡prohibido abandonar!