Suena el disparo, la multitud ovaciona, globos y banderas de todos los colores le dan colorido a la fiesta atlética, y yo salgo despedido, aunque a trote relajado, junto a otros cientos de personas, a correr por las calles de Salamanca, la bella.
Las personas corremos porque así desafiamos al tiempo que nos dice inexorable, desde un reloj, que la vida tiene fin. O también porque buscamos algo que creemos que nos espera en la meta. Un récord, la gloria, un premio, el reconocimiento.
El corazón galopa, las piernas se esfuerzan, el sudor me nubla un poco la vista conforme transito el recorrido al que acompañan las bocinas de la gente, y mi mente está en la meta, mientras miro al contingente que avanza conmigo en sus veloces zapatillas, con los labios apretados, soñando como yo en la victoria que se encuentra en la medalla que nos espera al final.