A sus cien años cumple una promesa que se hizo: correr la San Silvestre antes de morirse. Y, como un atleta más, estira sus músculos flácidos tras la línea de salida.
Comienza la carrera.
Primer kilómetro: se ahoga y valora retirarse.
Segundo kilómetro: parece reaccionar; la ilusión le hace rejuvenecer.
Tercer kilómetro: Ya no siente dolor en sus articulaciones.
Cuarto kilómetro: le brota pelo en su calva e incluso distingue con la vista a los corredores.
Quinto kilómetro: va adelantando posiciones.
Sexto kilómetro: las arrugas y las canas van desapareciendo metro a metro.
Séptimo kilómetro: es ahora todo un treintañero tirando de los grupos de cabeza.
Octavo kilómetro: se ha convertido en un jovenzuelo que ataca y se marcha solo.
Noveno kilómetro: los atletas no dan crédito al ver a un niño corriendo entre los adultos.
Últimos diez metros: la multitud aplaude a ese bebé que traspasa la meta gateando.