Se había preparado a fondo durante meses. Era la ilusión de su vida, la utopía de sus sueños más felices, el motivo estimulante por el que despertaba cada mañana lleno de empuje. Llegó la fecha señalada y se presentó el primero, ávido por correr con toda la potencia de su espíritu luchador. Abstraído de lo accesorio, se puso en marcha cuando escuchó el pistoletazo de salida, ajeno a sus compañeros y al público que los jaleaba con vítores y aplausos. Ensimismado en el ritmo frenético de sus zancadas, poseído por un coraje tenaz, absorto en el esfuerzo que lo redimía, apenas escuchó el bullicio alegre de los espectadores que lo aclamaban como ganador. Magnífico y exhausto, cayó en la línea de meta mientras las lágrimas emocionadas le resbalaban por las mejillas. Alzó los brazos antes de que la sonrisa del triunfo quedara para siempre petrificada en su rostro.