27 DE DICIEMBRE DE 2026

Era la primera vez que me apuntaba. Mis hijos me habían convencido con aquello de que «lo importante es participar» y con lo de «te viene bien para evitar otra operación de corazón». Me costó un esfuerzo brutal subir con un disfraz de monja la que siempre llamé la Cuesta de Moneo y estuve a punto de rendirme en la Avenida de Portugal; el frío era como el que transmite un cuchillo de carnicero. Pero mis niños, que ya eran treintañeros, no me abandonaron.
Todo mereció la pena al volver a casa y escucharles decir: «Ya has demostrado que puedes con cualquier cosa y, nosotros, que estaremos a tu lado en todo. ¿No crees que ya es hora de que nos cuentes algo de ese nuevo amor que tienes?».