La noche antes de la carrera tuve un sueño prometedor. Soñé que pisaba el Paseo del Rollo con una ventaja ganadora. Desperté eufórico. Imposible perder con este augurio. Confirmé temprano que era la San Silvestre Salmantina imaginada. Sobrepasé los mismos corredores, idénticos tiempos por etapas. Cerca del Paseo de San Antonio sucedió lo inesperado: un competidor de aspecto medieval me alcanzó. Corrimos hombro con hombro, luego me entregó una tarjeta con algo anotado. Perdà el paso y fui rebasado. En la meta digerà su sonrisa de campeón. Miré la tarjeta, habÃa profetizado mi tiempo: ¿No recordáis?, dijo con acento francés, también corrà en su sueño, usted despertó apresurado y yo seguà soñando. Quedé en shock. Para colmo, insistió en autografiarme el dorsal con unos versos tan enigmáticos como su nombre:
El que pretenda ganarme
debe aprender sudando:
cuando debe despertarse,
y cuando seguir soñando.
«Con cariño, Nostradamus».