Soñé que corría la San Silvestre de Salamanca.
La ciudad entera era un latido: los corredores avanzaban como un río de fuego por la Gran Vía, y yo era uno de ellos. Sentía la fuerza en mis piernas, la respiración acompasada, el suelo respondiendo a cada zancada. Pasé el Puente Romano con la certeza de que las piedras me sostenían, y las catedrales, encendidas, me marcaban el rumbo.
El público aplaudía, y cada aplauso parecía empujarme un poco más lejos, un poco más libre. En la meta levanté los brazos, entre sudor y lágrimas, convencido de haber vencido al tiempo, al cansancio, a mí mismo.
Entonces desperté. La habitación estaba en calma, sólo el eco lejano de las campanas. Bajé la mirada, y mis manos seguían firmes en los aros de la silla de ruedas.
Sonreí. Porque esa noche, al menos en mi sueño, Salamanca me regaló sus piernas.

27 DE DICIEMBRE DE 2026