Soñé que corría la San Silvestre de Salamanca.
La ciudad entera era un latido: los corredores avanzaban como un río de fuego por la Gran Vía, y yo era uno de ellos. Sentía la fuerza en mis piernas, la respiración acompasada, el suelo respondiendo a cada zancada. Pasé el Puente Romano con la certeza de que las piedras me sostenían, y las catedrales, encendidas, me marcaban el rumbo.
El público aplaudía, y cada aplauso parecía empujarme un poco más lejos, un poco más libre. En la meta levanté los brazos, entre sudor y lágrimas, convencido de haber vencido al tiempo, al cansancio, a mí mismo.
Entonces desperté. La habitación estaba en calma, sólo el eco lejano de las campanas. Bajé la mirada, y mis manos seguían firmes en los aros de la silla de ruedas.
Sonreí. Porque esa noche, al menos en mi sueño, Salamanca me regaló sus piernas.