El ciervo ya está en la olla, con sus nÃscalos y sus piñones. Mientras espero a que suba la válvula de presión miro por la ventana de la cocina. Siguen pasando por la calle cortada. Cada vez menos. Cada vez a un ritmo más cansado. ¿Llegará a la meta toda la gente que se apunta? La San Silvestre Salmantina. Cuando vivÃa mi madre siempre bajábamos a jalear. Ella se empeñaba en llevar un cencerro. A mà me avergonzaba un poco tanto ruido. Sube la válvula. Apago. Dos gotas caen sobre la encimera de la cocina: una, por el sudado del vaho en el cristal; la otra, de mi interior. Mis ojos desbordan nostalgia de mi madre.