Cuando encaraba los cedros de San Francisco, presintió el final de la agonía.
Todo indicaba que había vuelto a ganarse el turrón de la Nochevieja.
Ya no pensaba en el enclenque que lo adelantó en la rotonda de Zamora.
Ni en los borrachos, corriendo con aquellos ridículos sombreros rojos calados hasta las cejas.
Pensaba en papá, enterrado en julio.
En el colesterol de Carmen y su negativa a hacer ejercicio.
En la niña, que salió lista.
En como pagaría la universidad ahora que sacó nota para entrar en una facultad madrileña.
Pensó en el nuevo jefe.
En si no terminaría en la calle y con cincuenta.
O en si sería capaz de acabar esa novela, mil veces concebida, nunca escrita.
Pensó en que, durante los doce meses pasados, se había ganado esos turrones.
Y que con los doce venideros, cuatro kilómetros, bajo cero y cuesta arriba, eran solo un aperitivo.