La grandiosa catedral salmantina asombra a muchos corredores a su paso, y en especial al joven Antoine, brillante estudiante de Bellas Artes en ParÃs, llegado a Salamanca solamente para correr la San Silvestre y de paso quedarse unos dÃas para conocer y disfrutar de esa ciudad de la que tanto le habÃan bienhablado.
Un niño le hace un gesto con la mano, el cual devuelve gustoso y agradecido. Completamente fascinado no puede por menos que aminorar un poco su ritmo de carrera para contemplar todo lo que se encuentra a su paso. Mientras, decenas de corredores pasan apresurados a su lado sorprendidos, aunque le entienden, sabedores de que aunque ellos vayan con mucha más prisa podrán disfrutar de los encantos y secretos de la ciudad del Tormes cuando finalice la carrera mucho más tranquilos.