Julián Pargas fue una indiscutible figura del atletismo. Nadie olvida su corazón de acero para enfrentarse a retos como la carrera de San Silvestre, su brillante habilidad para regular el aire, sus piernas valiosas como diamantes para doblegar los más difÃciles desafÃos, su frialdad de acero para soportar las envestidas de sus competidores, su simpatÃa de oro en el trato con los aficionados y, más que ninguna otra cosa: sus dientes de marfil, sus ojos de esmeralda, sus cabellos de plata y su figura de mármol para el deleite del público femenino.
Un dÃa, la prensa se hizo eco de semejantes valores…
Alertado de semejante riqueza de recursos, el Ministerio de Hacienda decidió empezar a cobrarle los impuestos aplicables a la minerÃa. Desde entonces, el pobre Julián es un atleta más…, como tantos otros arruinados por la fama.