27 DE DICIEMBRE DE 2026

“¿Para qué corre toda esa gente?”, me preguntó mi hijo. Era una mañana luminosa, y el cielo estaba tan despejado como mi mente: yo sólo quería participar de la San Silvestre como otros miles de amateurs. Sin pretensiones de bajar marcas personales, ni nada. Correr por la ciudad, engranaje anónimo pero feliz de una serpiente festiva. Pero como Porthos, ese personaje de Veinte años después, la duda infante me inmovilizó. ¿Para qué esforzarse en poner un pie delante del otro, si de todas maneras no dejaríamos de correr hacia el abismo? ¿Engañábamos a la muerte así, o nos engañábamos a nosotros mismos?
Por culpa del vástago preguntón se me fueron las ganas de mezclarme entre la multitud. Ellos seguían siendo “entusiastas atletas”, y largaron sin problemas: primero un pie, luego el otro. Yo, en cambio, me había puesto a pensar. “No sé”, le respondí, viendo pasar la turbamulta de lemmings.