La casa amaneció con un grito de espanto, ¡Abuelo no está! Buscamos por todos lados en vano, mi madre alteradÃsima me ordenó buscarlo afuera; era extraño. El viejo, siempre postrado, no aparentaba mucha vitalidad ni futuros años de vida, y aún asà desconocÃamos su paradero.
La calle me asaltó repleta de transeúntes, un mar de personas bañadas en una algazara pese al frÃo de diciembre.
Apoyado sobre un muro encontré el bastón del abuelo, me sumergà entre la multitud que llenaba la calle Valladolid y forzado, seguà el trote de las personas.
Lo vÃ, ¡El viejo estaba trotando! entusiasmado saludaba a los vecinos y la gente le vitoreaba.
– ¡Te lo dije! –gritó sonriendo cuando me pude abrir paso cerca suyo –no me perderÃa mi última carrera de San Silvestre por nada.
Fue el momento de su vida.
Y ese recuerdo lo llevo conmigo siempre cuando la carrera está por comenzar.