En el paseo de Canalejas, nos sonreÃmos. En la calle Zamora, dejó caer la cinta que sujetaba su pelo. OlÃa a hierbabuena. Al entrar en la plaza Mayor, la invité a un zumo de naranja. De los soportales, como de la nada, aparecieron sus padres animándonos. Acelerando en San Pablo, le pedà matrimonio. Sobre las aguas del Tormes, me dijo que sÃ. Esprintamos y pasamos el Palacio de Congresos. La quise invitar a un hornazo, pero era vegana. Me habló de tener hijos. Siete u ocho. A la altura de la Facultad de FÃsicas, sugirió que sus padres vivieran con nosotros para cuidar a nuestra prole. El resto del recorrido lo hice en silencio. Ella seguÃa con los planes. En la meta, entre aplausos, le pedà el divorcio y eché a correr. Con un poco de suerte, llegaba a tiempo a la San Silvestre de Madrid.