Cuando tenía diez años un camión atropelló a mi perro. Escuché cómo sus huesos se quebraban contra el asfalto, vi sus ojos hincharse por la presión. Expiró mientras sujetaba su hocico entre mis manos.
El camionero no paró.
Llevé mi tristeza con estoico silencio. Mi tío Carlos supo escucharlo. Llegó un día con su ropa de atletismo y me llevó a correr.
No corrimos mucho, pero fue un descubrimiento. Correr me libró de los pensamientos oscuros.
A los veintidós años, mi mejor amigo murió en un accidente de moto. Sentí una rabia sorda que no sabía dónde dirigir.
Mi tío Carlos se apareció con sus zapatillas y salimos a correr. Nuevamente escuchó mi silencio. Era su especialidad.
Ayer me llamó mi madre.
—Se trata del tío Carlos.
Esta vez correré por él.
En silencio.