Me ha parecido reconocer a Mario en la salida, pero se me perdió entre mil rostros que no paraban de subir y bajar acompañando los saltitos del calentamiento. Luego creà verlo adelantarme por la derecha. Más tarde fui yo quien rebasé su posición; aunque, como el sudor en los ojos me escocÃa, no podrÃa jurarlo. Llevaba sin saber nada de él desde que me dejó por Marga.
Ralentizo mi ritmo para que me alcance. ¡Ya viene! Cuando se pone a mi altura, cierro los ojos y le digo todas las perrerÃas que llevo guardando desde entonces. Cuando abro los ojos, después de insultarle a ciegas, me disculpo avergonzadÃsima con el pobre señor, porque no es él, y me alejo como una centella por la adrenalina, como si acabara de empezar la San Silvestre.
Es mi arma secreta para el arreón final. El año pasado, con esta misma estrategia, quedé quinta.