Silvestre se enfundó sus deportivas color verde. Sus largas y múltiples extremidades alcanzaban el techo y podÃa, sin mayor esfuerzo, atarse los cordones y, al mismo tiempo, coger las bombillas de los focos de su habitación.
-Lo importante es la estrategia –dijo una de sus ramas-brazo.
-No es asà siempre –replicó otra.
-ExplÃcate–.
-El año pasado tenÃamos un plan pero aún asà no ganamos-.
-Por eso mismo este año llevamos luces, ramas de poca fe-.
Mientras, Silvestre seguÃa afanado en llevar todas las luces a la carrera. Ya habÃa conseguido coordinar el movimiento de las luces de Navidad con el ir y venir a modo de comba de las 33 ramas que se proyectaban desde su atlético tronco.
Aquella tarde gris, Silvestre nuevamente no consiguió llegar el primero. Pero desde arriba, muy arriba, alguien se maravillaba por la hermosa cadena de hojas que se encendÃa con cada pisar.