Esa mañana, cientos de truenos resquebrajaban el manto del cielo.
Pero ella, ajena al mar de electrones, corrÃa en el parque de los Jesuitas, entrenando para la Sansil.
Y, como todos los dÃas, mis raÃces temblaban de amor por esa mujer.
Y el viento del norte, bailando un vals con mis hojas, susurraba su nombre desde la espesura.
Y asÃ, sintiendo latidos de clorofila, llegó el 26 de diciembre.
Y al bullicio de la carrera, le siguió un silencio ensordecedor.
Y no volvà a verla.
Semanas más tarde, un gorrión me trinó que, tras llegar primera a la meta, consiguió una beca deportiva y se fue a vivir a otra ciudad.
Entonces, arrasado por una galerna de pena, quise morir.
Y me sequé.
Hoy, meses después de ser talado, ya no queda savia bruta en mi interior.
Pero mis cÃrculos concéntricos siguen derramando lágrimas de savia enamorada.