La San Silvestre arrancó entre risas, gorros de Papá Noel y el aire frío que cortaba las mejillas. Entre miles de corredores iba Tomás, 72 años, con el dorsal torcido y una sonrisa nerviosa. No destacaba, salvo para su nieta, que lo seguía desde la acera con un cartel hecho a mano: “Por mamá”.
Al llegar a mitad de recorrido, Tomás se detuvo un instante, respiró profundo y miró al cielo. Un joven le ofreció agua; él la rechazó con un gesto amable. Siguió, paso a paso, hasta los últimos metros, cuando la voz del altavoz anunció:
—¡Último corredor en llegar a meta!
El público aplaudió con fuerza. Tomás cruzó la línea, levantó los brazos… y se arrodilló, exhausto. Silencio. En su mano, aún apretaba una foto de su hija. Su nieta, entre lágrimas, susurró:
—Lo lograste, abuelo. Ganaste.