Poseía la rara habilidad de no dar nunca con el toque justo para que la galleta no se desgajara de sí y cayera con un «plof» seco. Pero aquella mañana, sorprendentemente, la galleta se mantuvo firme.
Mantenía los brazos pegados a los costados, jadeante, mientras lo rememoraba. Por su lado surgían, fugaces, imágenes de rostros sonrientes y bocas vaporosas. Noveno kilómetro. Aún le quedaban mil metros. No sabe si le aguantaran las fuerzas. Intenta olvidarse de la falta de aire, del pinchazo en el costado. Y vuelve a rememorar la galleta, que resistió a caer. Y se inspira. Alza la mirada. Reconoce ese giro. Es el último. Lo va a lograr. Sabe que lo va a lograr. Ya distingue la pancarta de meta. Cincuenta metros. Veinticinco. Diez. Por fin. Acabó la San Silvestre.
Es el último en llegar. Pero el más feliz.