HabÃa llegado la hora. Isabel se enfrentarÃa a la mañana siguiente al reto de su vida, correr la San Silvestre entre una multitud de corredores y público entregado.
Llevaba una hora sentada en aquel tronco, mirando fijamente el dorsal y sudando como nunca lo habÃa hecho antes, pero se lo habÃa propuesto y estaba decidida a cumplirlo. Era el momento de superar su fobia a la gente.
HabÃan pasado tres horas más e Isabel seguÃa en el mismo sitio, impertérrita y aterrada, hasta que, de golpe, le sobrevino un punzante dolor de cabeza.
Saltó del tronco y, enseñando las fauces al mundo, soltó un grito lleno de rabia. Eran las 5 de la mañana y su rugido despertó a toda la ciudad.
Isabel se colocó el dorsal y se dirigió al punto de salida, dispuesta a hacer la gran carrera de su vida.